miércoles, 24 de diciembre de 2014

El canto gregoriano, un repertorio universal


Con más de 1200 años de historia, el canto gregoriano pareciera, como las pirámides, desafiar el tiempo. Pero, a diferencia de éstas, se trata de un monumento vivo, animado por la misma Palabra de Dios que canta. Soplo del hombre que responde al soplo divino, aquí y allá, en Europa, el África, en Japón o en los países de América, estas melodías se han ganado su lugar propio, rebasando el  ámbito de la liturgia de donde nacieron. Como si la cultura del tiempo real le hiciese un hueco a esta música que parece germinar en el silencio y fundirse en la eternidad. Ese pasado de larga memoria nos lleva al misterio mismo de la experiencia de la fe, al lugar de encuentro entre el canto y el encanto.

UN CANTO CAROLINGIO LLAMADO GREGORIANO 

Si se quisiera remontar el largo río de la historia del repertorio llamado gregoriano, debiera orientarse la proa hasta el origen mismo de la fe cristiana. Es la barca de la Iglesia romana la que llevó hacia todos los puertos y desde sus inicios el mensaje de Jesús de Nazaret y con él, sus particulares formas de transmisión.

Imbricada en las tradiciones judías como brote de un mismo tronco, cristianos y judíos compartían en los primeros tiempos, la misma forma de cantar, rezar y leer  las Sagradas Escrituras. El propio Jesucristo era observante de esta liturgia que ya tenía en la salmodia (1) su meollo, la clave para hablar con Dios. No sin razón se ha dicho que en los salmos está implícita la oración de Jesús, y que quien los canta pone en su boca las propias palabras del Nazareno. 

Tal como documenta Tertuliano a comienzos del siglo III (2) ese esquema lectura-canto-oración se constituirá en matriz tanto del oficio divino, hoy conocido como liturgia de las horas, como de la misa, entonces llamada fracción del pan. A partir del 313 (Edicto de Milán), la habilitación de la religión cristiana y luego su oficialización  ayudó al desenvolvimiento del culto y de la  música de la Iglesia, universalizándose conforme se establecía el latín como lengua litúrgica. La solemnidad del rito y de la música creció tanto como el tamaño y esplendor de las basílicas. Sin embargo, esto no inhibió al desarrollo más o menos autónomo de diferentes tradiciones relacionadas con el contexto local en donde el cristianismo era implantado. 

Cuando en el 590 Gregorio (ca. 540-604) es elegido obispo de Roma, la diversidad de lenguajes musicales de uso en el rito cristiano era considerable. Así, existía un canto milanés (o ambrosiano, por S. Ambrosio, obispo de esa ciudad en el siglo IV), un canto galicano (en la antigua Galia, hoy Francia), uno mozárabe (en España), otro beneventano (en el sur de Italia) y el canto romano. 

 Antifonario Visigótico Mozárabe de la Catedral de León  Ms. 8, o Antifonario de León (s. X),
el códice musical más importante de la liturgia hispánica.

Es bien probable que Gregorio I, monje antes que papa, tuviese en alta estima la música en relación con su función sagrada, habida cuenta de la importancia que tradicionalmente tuvo y tiene el canto en la vida monástica, como vehículo idóneo para la alabanza divina, al menos desde la Regula monachorum redactada hacia el 540 por S. Benito de Nursia. Pero en la cátedra de S. Pedro, Gregorio fue absorbido por sus obligaciones de estado, una actividad desbordante como para “componer” por sí mismo un repertorio para la totalidad del Año litúrgico (3). 

Sin embargo, su pontificado y obras le valieron tal prestigio (4), que más de dos siglos después, ya estaba fuertemente instalada la leyenda que le atribuía la autoría de la música litúrgica romana. Unos comentarios aparecidos en la Vita Gregorii Magni de Juan Hymmonides el Diácono (¿?- ca. 882) sobre un supuesto Antiphonale “muy útil para los cantores” del cual S. Gregorio sería responsable; el prólogo a ciertos libros de canto que a partir del siglo IX le reconocen su paternidad (5); y finalmente la iconografía que completó su imagen con una eterna paloma que parece dictarle al oído la música que debieran cantar los fieles, contribuyeron a ello.

La realidad histórica es que este compendio melódico surge de una hibridación entre el canto galicano y el romano, llevada a cabo bajo los monarcas carolingios, a fin de asegurar la unidad política y religiosa del imperio. Escribe Carlomagno: “que todos aprendan el canto romano (...) y se suprima el oficio galicano, en vistas a la unidad con la Sede apostólica” (6), entendiéndose aquí por “romano” ya ese mestizaje en el cual el galicano fue reacondicionado a los textos y al calendario romano por los técnicos establecidos en Metz, ciudad que por acción de su obispo S. Crodegango (ca. 712-766) se había transformado en un importante centro musical. 

Facsimil de la Admonitio generalis del emperador Carlomagno (789).

Habida cuenta entonces de su genealogía, procedencia o época en la que se originó su versión definitiva, este repertorio bien podría conocerse como canto “romano-franco”, canto “metense” o “carolingio”, sin faltar a la verdad en ninguna de las tres posibilidades.  

Con recursos musicales mínimos, en tanto se entona a una sola voz y sin acompañamiento –a partir de los Padres de la Iglesia se reconocía en el cuerpo humano el instrumento ideal, pues en él vibra el alma del justo-; una valorización de las notas antes que una cuantificación -los sonidos carecen propiamente de medida, lo que le valió luego la apelación de cantus planus o canto llano- y una organización interna de los sonidos -la modalidad- que no se basa en escalas, sino en determinados vínculos de atracciones, este repertorio es fijado y notado con minucia, desplazando paulatinamente a los demás. Y, promovido por las autoridades, y puesto bajo el patrocinio de S. Gregorio Magno, se expandió como el canto “de Gregorio” o “gregoriano” en un arco de tiempo amplio, hasta ser finalmente adoptado por Roma a principios del siglo XIII.

El AL. Ostende nobis del Tiempo de Adviento, registrado en el Cantatorium o
 Sankt Gallen Stiftsbibl. 359 (922-925).


EN BUSCA DEL GREGORIANO PERDIDO 

Paradójicamente, la estabilización por escrito del gregoriano acompañó su paulatino retroceso. El afán por precisar los intervalos musicales, fundamentales a la ciencia nueva que iba abriéndose paso, la polifonía, supuso un corte en la tradición oral, sobre todo en lo relativo a los aspectos más específicos de su expresión. 

Material de trabajo para los compositores de las primeras formas musicales a varias voces simultáneas, del repertorio gregoriano no quedó luego sino un recuerdo de su grandeza descarnada y contundente. Cuando la Contrarreforma (Concilio de Trento), Roma, cautivada por el nuevo género musical entonces en pleno apogeo, somete estas melodías a revisión -según el gusto del momento- y las hace imprimir entre 1614 y 1615, en una edición patrocinada por el cardenal de Médicis. Era un “arreglo”, en el cual no se dudó en cercenar los extensos melismas (7) en el entonces incomprensibles. El canto gregoriano, a espaldas de algo que muy poco tenía que ver con ello, quedó olvidado bajo el polvo de  los viejos códices de las bibliotecas de monasterios y universidades, a la sombra del barroco musical, de Bach, de Mozart y Beethoven...

Kyrie IV, según la edición de los Médicis (Biblioteca Feninger, FSG 20, Trento).

Con la restauración en 1833 del monasterio de Saint-Pierre de Solesmes, en Francia, la historia de este lenguaje musical es la de su paulatina restauración en todo el universo cristiano. Fue dom Prósper Guéranger (1805-1875) quien decide adquirir lo que quedaba tras la Revolución, de ese antiguo priorato benedictino fundado en el 1010, enterado de que su propietario tenía intenciones de terminar de echarlo abajo. Con sus edificios, la restauración de Solesmes fue también la de la vida monástica en el lugar, y del repertorio litúrgico tradicional de la Iglesia católica romana. 

Dom Guéranger enseguida encomienda a sus monjes a rezar cantando, en conformidad a la más pura tradición en la materia y más allá de las fuentes que ofrecían solamente “una sucesión pesada y agotadora de notas cuadradas que no sugieren un sentimiento ni pueden decir nada al alma”(8). Por esa época los signos con los que se registraron las melodías gregorianas, llamados neumas (9) resultaban incomprensibles. Fue dom Joseph Pothier (1835-1923), quien emprendió el análisis de las piezas, sobre la base del precioso códice Saint-Gall 359 del siglo X  descubierto por el Lambilotte en 1849 y publicado dos años después. Convencido de la permanencia de la tradición oral, el estudio comparado de los antiguos libros de canto permitió a dom Pothier, como un verdadero “Champollion de los neumas”, decodificar esa otra suerte de jeroglíficos con los que los notadores de más de mil años atrás fijaron las melodías para cantarle a Dios, permitiendo pronto ejecutarlas con buen nivel de fidelidad. La invención y posterior desarrollo de la técnica fotográfica fue una ayuda inestimable a este propósito. 

Dom Joseph Pothier (1835-1923).

Aún así, en 1873 una nueva edición derivada de aquella medicaea aparecida en el Renacimiento, es aprobada por Roma  como versión oficial. Esto hacía que hubiese un gregoriano “genuino” y canónico, y otro verdaderamente auténtico sostenido por el concurso de distintas ramas de la ciencia (y en especial la paleografía musical), el gregoriano histórico extraído de los documentos. Primero fue León XIII y luego, a poco de asumir la sede de S. Pedro, fue S. Pío X, quienes comenzaron a revertir esta situación. El motu proprio Tra le sollecitudini (10) de este último, lo calificó como “modelo perfecto” para cualquier otra forma de música católica dedicada al culto, avalando las investigaciones musicológicas sobre el fondo melódico antiguo emprendidas por Solesmes y promoviendo en fin, una edición definitiva, la actual vaticana, cuyos libros principales verán la luz antes de la Gran Guerra. 

En la misma línea, el concilio Vaticano II reconoció el gregoriano como “el canto propio de la liturgia romana” (11), definición que contrariamente a lo que a veces se acepta y presenta como objeción a este repertorio, no genera dificultad por cuanto el latín, el de la Biblia Vulgata Latina de S. Jerónimo y del canto gregoriano, lejos de abolirse, fue definido como la lengua litúrgica de la Iglesia católica. 

El Graduale Triplex (Solesmes, 1979), libro post-conciliar que
 a la notación melódica cuadrada tradicional del canto gregoriano, le incorpora 
las versiones de S. Gall y Laon. Aquí el GR. Sederunt principes, de la Misa de San Estéban.

Proceso en marcha que involucra nuevas ciencias como la semiología gregoriana, surgida por el genio de otro monje benedictino, dom Eugène Cardine (1905-1988), este repertorio empero se podrá considerar plenamente restaurado cuando la apoyatura de la práctica ritual le restituya en su lugar histórico, de manera viva y habitual, derecho y necesidad que ha sido reconocido y exaltado por las autoridades de la Iglesia en fechas recientes (12).

EL CANTO GREGORIANO EN EL RIO DE LA PLATA

Desde que el primer misionero español puso pie en las pampas y le fue dado cantar la misa ante criollos y amerindios, el gregoriano se hizo parte de la historia de las naciones del Plata. Entonces, se le conocía como canto llano, y no era otra cosa que el de la medicaea que llenaba los misales de la época.

La primera referencia a la tradición gregoriana en tierras orientales se remonta a 1824, año en que llegó al Río de la Plata la Misión Apostólica Muzi, integrada por Giovanni Mastai Ferretti, luego elevado al papado con el nombre de Pío IX. El secretario de la misma, José Sallusti, autor de una crónica aparecida tres años después en Roma con el nombre de Storia, da cuenta que “en un pequeño pueblo de indios llamado Durazno” se celebraba misa “con el canto gregoriano muy bien entonado” por los propios indígenas. A lo que el cronista agrega: “como si estuviesen todavía bajo el régimen de aquellos buenos Directores de la Compañía que los habían instruido" (13). Desde luego, estos cantores no eran sino los guaraníes provenientes de los pueblos misioneros del norte que, en su diáspora tras la expulsión de la Compañía de Jesús de España y los territorios de ultramar en 1767, se establecieron en importante número en la zona central de la Banda Oriental. Y el gregoriano que podían entonar, era parte del lenguaje religioso que habían aprendido, no más arte que la liturgia en la cual estaba engarzado y vivían de manera espontánea. 

Sobre finales del siglo XIX la Argentina y el Uruguay no fueron indiferentes a las investigaciones llevadas adelante por los monjes de Solesmes. En los medios católicos de la región, el gregoriano restaurado se abría camino, siguiendo las directivas del motu proprio de S. Pío X antes mencionado, y particularmente gracias a la enorme difusión del Liber Usualis Missae et Officii (1903), verdadero vademécum por contener las piezas de las misas y oficios de los domingos y fiestas del año, con el agregado de un sistema rítmico para ejecutarlas, desarrollado y difundido por dom André Mocquereau (1849-1930). 

Dom Andrés Azcárate (1891-1981), Primer Abad de San Benito de Buenos Aires.

Este movimiento litúrgico, asimismo se vio favorecido por la fundación en 1914 de la Abadía de San Benito de Buenos Aires, por monjes de la Abadía de Santo Domingo de Silos (España). En efecto, su I Abad P. Andrés Azcárate (1891- 1981), a más de promover la práctica esmerada del canto gregoriano entre sus monjes, propició el dictado de innumerables sesiones y cursos, la creación de coros y la publicación de revistas y subsidios, siendo autor él mismo de obras como Rudimentos de canto gregoriano, y sobre todo La flor de la Liturgia, aparecidas en Buenos Aires en 1932, que ganaron amplia difusión en el Río de la Plata y toda Hispanoamérica. 

El paulatino desplazamiento del latín del ámbito del culto, fenómeno que se dio desde mediados de los ’60 a escala planetaria, no impidió que hoy estas melodías sean el lenguaje litúrgico propio de ciertas comunidades religiosas, principal móvil de instituciones y agrupaciones de laicos que las ponen en práctica en el templo como fuera de él, materia de estudio de las universidades, afición en fin, de espíritus sensibles, trascendente a toda frontera de confesionalidad. No ha de llamar la atención, ateniéndonos a su mismo doble objetivo, que es el de toda música sagrada: la gloria de Dios y la santificación de los hombres (14).


La Schola Cantorum de Montevideo cuando sus veinte años (2008). 
En esta institución musical uruguaya se daban cita personas de diversas confesiones 
unidos por el mismo amor al repertorio gregoriano.

Instrumento y símbolo a la vez, usus y ars, el canto gregoriano con belleza inmarcesible  expresa el amor que Dios nos tiene y el nuestro propio hacia Él. Y esto, en medio de este tiempo surcado por el ruido, más que un bálsamo, constituye un verdadero anticipo. 

                                                                           Enrique Merello-Guilleminot



(1) La práctica de entonar el salterio, el conjunto de los 150 salmos bíblicos.
(2) Cf. TERTULIANO, De anima, IX.
(3) Por lo demás, en su época aún no existía la escritura musical.
(4) Junto a S. Ambrosio, S. Agustín de Hipona y S. Jerónimo, S. Gregorio Magno es uno de los cuatro primeros Doctores de la Iglesia, reconocidos también como Padres de la Iglesia de occidente.
(5) Se conoce por su íncipit Gregorisu praseul, y por siglos fue la prueba de la labor de S. Gregorio I como compositor. Así se presenta en el folio 2 del Cantatorium de Monza, el libro más antiguo de piezas para el solista: “El prelado Gregorio se elevó al honor supremo, del cual es digno por sus méritos y por su nacimiento, restauró la heredad de los antiguos Padres, compuso para la Schola Cantorum esta colección del arte musical”, citado por Juan Carlos ASENSIO, El canto gregoriano. Historia, liturgia, formas…, pp. 26-27, Alianza Música, Madrid, 2003.
(6) Cf. Admonitio generalis, 23/03/789, N°80, citado por  Georges TESSIER, Charlemagne, p. 307, coll. “Le mémorial des siècles” edición G. Walter, Albin Michel, Paris, 1967.
(7) Fragmentos de música pura sobre una sola vocal, que paulatinamente se fueron incorporando al solo texto cantado.
(8) Cf. Dom Prosper GUÉRANGER, Carta de aprobación al Méthode raisonnée de plaint-chant de A.-M. Gontier, Le Mans, 1859, p. XII, citado por dom Daniel SAULNER, Le chant grégorien, Centre Culturel de l’Ouest, 1995, p. 10.
(9) “Signo” o también “aire”, en el sentido de espíritu de los sonidos representados, según las dos etimologías posibles.
(10) Cf. PIO X, motu propio Tra le sollecitudini, II (22 de noviembre de 1903).
(11) Cf. Constitución Sacrosanctum Concilium, 116 (4 de diciembre de 1963).
(12) Cf. BENEDICTO XVI, exhortación apostólica post-sinodal Sacramentum caritatis, 42 (22 de febrero de 2007). En este documento, el Santo Padre tras referirse a la introducción de géneros inapropiados al culto y a la improvisación musical tan fácil de constatar en diferentes lugares, manifiesta: “deseo que, como los padres sinodales lo han demandado, el canto gregoriano en tanto que propio de la liturgia romana, sea valorizado de manera apropiada”.
(13) Citado por Guillermo FURLONG, La Misión Muzi en Montevideo (1824-1825), “Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay”, t. XIII, Montevideo, 1937, p. 253.
(14) Cf. Constitución Sacrosanctum Concilium, 112.





sábado, 13 de septiembre de 2014

La modalidad, un lugar sonoro

La modalidad gregoriana, lejos de ser un aspecto más en el estudio de la disciplina gregoriana, es una de sus facetas más ricas que tienen que ver tanto con la dinámica de su propia gestación, como con la estética misma intrínseca a su material sonoro y a su arquitectura más propia.

Estudiar la modalidad del canto gregoriano -o modología, como la denominan otros-, es abordar cada pieza del repertorio como un objeto precioso, que ciertamente admira y conmueve. El estudioso que indaga la modalidad de una pieza, buscará explicar su estructura interna: la naturaleza de sus giros, en muchos casos formulados, sus centros dinámicos (dominante-tenor salmódico  y final), y el porqué y para qué de toda esa construcción que está en relación íntima con el  texto, el momento del año litúrgico o el contexto celebrativo, y por tanto con el mensaje teológico del que la melodía es portadora.

Resulta saludable considerar ante todo la realidad histórica de los modos desde la fijación del repertorio;  están en la naturaleza gregoriana como los neumas, el latín o su funcionalidad litúrgica, lo cual se demuestra fácilmente desde los manuscritos mismos, superabundantes de referencias modales, por la existencia de tonarios en donde las melodías son organizadas de acuerdo a estos modos, o en el uso teórico y práctico en fin, de su nomenclatura específica, coincidente con el período de consolidación de este repertorio.       

Sin embargo, su evolución fue dando lugar de un marco teórico a uno de teorización, que es precisamente el que no sirve para entender la naturaleza  gregoriana; un  problema complejo, por cierto, pues que se ha erigido en una norma  que todo parece explicarlo, cuando es una evolución dinámica lo que en verdad explica el estado de resultado que es el gregoriano que llegó a nuestros días.

TEORIA Y TEORIZACION

No es dable pues, equiparar las escalas modales venidas de la cultura griega (dórico, frigio, lidio, mixolidio, etc.) con la teoría modal gregoriana de los conocidos Ocho modos latinos (el octoechos), aunque aquellas hayan sido tomadas en préstamo por los primeros teóricos y compositores gregorianos, fruto acaso de los vínculos de la Corte de los francos con Bizancio; tampoco todo el corpus melódico debe relacionarse con el octoechos como material de trabajo: abundan ejemplos en la edición Vaticana que dejan serias dudas en su categorización (ofertorio Erit vobis), otros con indicaciones que refieren  a tipos modales diferentes, en la búsqueda de querer ajustarlos a la normalización oficial (antífona Laudabo), e incluso hay piezas que no son posible categorizarlas (Sanctus y Agnus Dei XVIII) (1).

OF Erit vobis (GT 213), del viernes de la Octava de Pascua. 
La pieza, aunque señalada como escrita en el Modo VI, 
posee cadencias en cinco grados diferentes (Sol-Fa-Mi-Re-Do).

Además, esa naturaleza  dinámica -si no el quod divinum que deja en el aire- pareciera contraponerse a la idea de una elección a priori y racional del material por parte de los compositores gregorianos, como podría hacer un compositor de música “culta”; por lo mismo, pierde terreno un  conocido cuadro de relaciones psicológicas de cada modo, debido a Adam von Fulda quien, en la búsqueda de su ethos específico, escribía en el siglo XV: omnibus est primus, sed alter est tristibus aptus, tertius iratus... Bastaría  con examinar los 29 aleluyas auténticos del Graduale Triplex, y encontrarse con 7 de ellos escritos en el Modo II: ¿puede haber algo menos tristis para el cristiano que la solemnidad de la Epifanía, contexto litúrgico donde resuena el alleluia Vidimus stellam, escrito precisamente en ese modo?

Hablar de modalidad es hablar del modus, es decir, de una manera de cantar y de encuadrar la línea de canto en un determinado lugar sonoro, con toda una arquitectura interna que funciona en cada caso con coherencia y autonomía, por cuanto “la modalidad gregoriana no se lleva con los sistemas”, en expresiones de dom Guilmard (2). El peligro latente es el razonamiento a partir de teorías en lugar de hacerlo desde los documentos musicales y litúrgicos, para lo cual es necesario desprenderse de todo lo que es extraño a la materia de estudio y se interpola desde otras épocas, culturas o corrientes de pensamiento. Al fin y al cabo, “el análisis modal es una cuestión de hecho, de observación, y no la aplicación de principios teóricos y abstractos”, como acertaba en expresar ya en la década del 40, el modalista Henri Potiron, uno de los primeros autores en estudiar el tema con un criterio exhaustivo.


                                                                         Enrique Merello-Guilleminot

(1) En la investigación reciente se abrió paso la teoría de un origen del que derivarían todos los demás modos, partiendo de tres notas, Do, Re y Mi, conocidas como cuerdas madre, generadoras de otros tantos modos, por ello conocidos como arcaicos. Las primeras consideraciones sobre el punto son debidas a dom Jean CLAIRE (1920-2006), director del Coro de monjes de Solesmes y autor de numerosos trabajos sobre la materia.
(2) Cf. GUILMARD, Jacques-Marie: Nécessité et limites du recours aux mélodies pour établir l’histoire de la création du chant grégorien (Ecclesia orans, 1999/3, Pontificio Istituto Liturgico, Roma)

sábado, 19 de julio de 2014

Cantar un cántico nuevo

La abundancia de  coros gregorianos de laicos en  todo el orbe se contrapone a la realidad de la escasa práctica cultual del canto gregoriano.

Un obstáculo que parece determinante a la hora de pretender poner en práctica el gregoriano en un contexto litúrgico tiene que ver con el paulatino abandono del latín en las celebraciones cristianas. La forma de instrumentar en una pastoral que busca hacerse asequible a todos, un tipo de cantilación venerable y venerado sí, por sus valores artísticos y por su sustento doctrinal, pero en un idioma que ya no es el cotidiano, parece un asunto de difícil solución. Desde luego, el canto gregoriano ya es una música histórica; un arco de tiempo de por lo menos 1250 años separa al contemporáneo de su conformación como compendio melódico.

Una cuestión de interpretación del Vaticano II y de su documento específico sobre la liturgia, es decir de la constitución Sacrosanctum Concilium, es la clave de este asunto. Porque si bien en este documento se da pie a la celebración en lengua vernácula, el latín sigue siendo  la lengua litúrgica de la Iglesia católica y concomitantemente, también del gregoriano: “guárdese el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular”, y “la Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana” (1). Por tanto, no puede haber gregoriano que no sea en latín: lo demuestran los primeros testimonios escritos, cuando a falta de una escritura musical más o menos perfeccionada, se escribía el texto de las piezas, el texto latino. Tal el caso de las fuentes del Antiphonale Missarum Sextuplex, entre ellas el Gradual de Corbie, de finales del siglo IX (2).

ECOS MUSICALES DE LA LATINIDAD

El canto gregoriano debe al latín su conformación. El latín, nuestro viejo latín, relacionado evidentemente con una cultura romana y occidental que hace al ser latino con toda una carga de patrimonios comunes, es la materia gregoriana, la base rítmico-verbal de sus melodías. Su acentuación propia y sus cantidades son la misma razón de sus elevaciones y cadencias. Ya enseñaba Marciano Capella en el siglo V que el acento es “el alma de la voz y el germen de la música” (3). Y el acento al que se refiere, evidentemente, no es otro que el acento latino. Aceptar un “gregoriano” sobre una lengua moderna es aceptar una elaboración del gregoriano sobre la base de los ritmos e inflexiones de una lengua diversa, de fonética que difiere conforme a la suerte de su evolución.

Hoy, con la disposición melódica que resulta de la investigación científica, y con un latín fruto de una convención -el latín romano prescrito desde S. Pío X en adelante, a fin de evitar las pronunciaciones nacionales-, este repertorio antiguo es cantado tanto por religiosos como por laicos con una aproximación casi fidedigna a las fuentes y de hecho, permitiendo que la apoyatura gregoriana al culto sea tan viable como actualmente el Ave Maria de Schubert en una boda, o las aclamaciones del Alleluia en cualquier misa, que a nadie se le ocurriría traducir.


Entre los más prestigiosos coros de laicos se cuentan (de izquierda a derecha) 
el Choeur Grégorien de Paris-Voix de Femmes, dir. Olga Roudakova (Francia), 
Vox Clamantis, dir Iaan-Eik Tulve(Estonia), 
Mediae Aetatis Sodalicium, dir. Nino Albarosa (Italia) o la Schola Antiqua, 
dir. Juan Carlos Asensio (España).

Música histórica, el gregoriano rebasa la categoría museológica en tanto se hace verdadero acto y código de lenguaje en las comunidades de fe que lo practican como instrumento para la alabanza divina, y en los coros gregorianos que lo presentan como obra magistral del arte. Y se hace novedad perenne, como parece siempre novedosa toda creación musical incorporada por mérito propio al restringido catálogo de lo clásico.

                                                        Enrique MERELLO-GUILLEMINOT


                                                                     

(1) Cf. Sacrosanctum Concilium, N° 36 & N° 116 (4 de diciembre de 1963).
(2) Editado por dom René-Jean HESBERT (Vromant et Cie., Bruxelles-Paris, 1935), la obra reúne el conjunto de piezas de más antigua  tradición, según los graduales de Compiègne, Rheinau, Mont-Blandin, Corbie,  Senlis y el cantatorium de Monza.
(3) Citado por dom Daniel SAULNIER: Le chant grégorien, p. 31 (Centre Culturel de l’Ouest, France, 1996)

domingo, 11 de mayo de 2014

El lugar del gregoriano

El primer elemento de dificultad que se le presenta a quien desea iniciarse en el estudio de la disciplina gregoriana, es saber dónde se le encuentra: conocer los libros a donde recurrir, y encontrarle restituido de una manera que resulte hoy satisfactoria.

Un libro llamado a tener difusión mundial como emblemático del gregoriano restaurado, se hacía público en 1896: el Paroissien Romain, más conocido en posteriores ediciones en lengua latina bajo el título Liber Usualis missae et officii. La obra  presentaba los textos y piezas a utilizar en las misas y oficios de todos los domingos y fiestas principales del año litúrgico, un compendio valioso en un tiempo en el  que el gregoriano pugnaba entre la autenticidad y la canonicidad (las ediciones benedictinas y la Neo-Medicaea), y el conocimiento de esta enorme colección de melodías era limitado. No obstante, el material del Liber Usualis era heterogéneo, y no todo proveniente del fondo melódico más antiguo.

Acotado en más de 700 piezas del proprium missae, el centenar del ordinarium, las millares de antífonas y responsorios del oficio, los más de 400 himnos, aparte de las  5700 secuencias y los varios centenares de tropos, el catálogo gregoriano constituye el resultado de una normalización no tanto restrictiva como preceptiva, que presenta a quien le interesa un tipo de repertorio religioso vocal considerado único en su género. En efecto, no nacido  “para la oración, sino de la oración” como observaba Jean Jeanneteau (1),  la proclamación del texto bíblico es consubstancial a la melodía gregoriana, como entidad inseparable, no sometida el uno a la otra, sino en íntima relación. Verdadera “palabra cantada”, el texto está en su misma génesis (2), aspecto éste diferencial de las experiencias musicales posteriores en materia de música eclesiástica, sean o no monumentales, como la Misa en si de Bach, las misas de Mozart, Beethoven o Bruckner.

UN GENERO QUE ENTRAÑA UN ESTILO

La búsqueda del canto gregoriano entraña pues la localización de un entorno geográfico, una ubicación temporal, y sobre de todo una tradición viva. Integrada a ese corpus sistematizado, el más antiguo de Occidente, vinculada inexorablemente a una fuente paleográfica, no toda lectura de tetragrama y neumas es entonces lectura gregoriana: ni el O filii et filiae, ni las misas de Henri Dumont o mucho menos el Adeste fideles, todo lo que se podía encontrar en las páginas del Liber usualis.


Editio princeps del Liber Usualis. La obra cobró inesperada vigencia desde que se dispuso en 2007que la liturgia dicha pre-conciliar o tridentina se transformara en el Rito Extraordinario de la Iglesia católica, bajo Benedicto XVI.

¿Cuáles son las fuentes bibliográficas que nos aportan entonces el gregoriano auténtico? Las que contemplan los estudios paleográficos y semiológicos llevados a cabo directamente sobre los manuscritos, y adecuados a las reformas litúrgicas emprendidas a partir del Vaticano II, tanto de la misa como el del oficio divino. Pero aún estas ediciones en incluyen por razón de una tradición nada desdeñable, piezas que la práctica incorporó al uso, como el caso de la Missa VIII de Angelis, el Adoro te devote o las antífonas marianas en tono simple, un tipo de material que algunos llaman pseudo-gregoriano, y nosotros convenimos en llamar neo-gregoriano. El discernimiento de éstas es el fruto del estudio en profundidad de dichas ediciones, lo que presentan y su soporte teórico, lo que habrá de hacerse con el espíritu objetivo del investigador y la serena certidumbre de que en la disciplina gregoriana, la ciencia antecede al arte, cuando el neuma se hace gesto, y el gesto melodía.

                                                             Enrique MERELLO-GUILLEMINOT 


(1) Citado en Gregoriana, N°especial 1994, p. 1, editada por “Les Amis du Choeur grégorien de Paris”, 1994.
(2) Cf. CARDINE, Eugène: Primo anno di canto gregoriano, Cap. III (PIMS, Roma, 1970).

domingo, 2 de marzo de 2014

Entre el riesgo y la divulgación

La aparición en el cambio de siglo de un curioso grupo de música popular alemán denominado Gregorian bajo la conducción de Frank Peterson, constituye una clara señal del interés masivo que tuvo hasta no hace de esto mucho el universo vinculado al canto gregoriano, y luego el gregoriano mismo, pero sobre todo en base a los estereotipos vinculados a su naturaleza.
 
En el primer trabajo discográfico más o menos relevante de esta agrupación, denominado Masters of Chant Chapter I (1999) aparecen registrados ingeniosos arreglos de conocidas piezas del pop, incluyendo The sound of silence, Brothers in arms, When a man loves a woman, y otras. Con sonido ambiental, tempo rallentecido, coro masculino al unísono de fraseo blando y sin vibrato, el efecto hay que reconocerlo agradable, pese al edulcorante. Las presentaciones in concert de “Gregorian”  incluían una puesta en escena donde los juegos de luces, la coreografía e indumentaria monástica, eran evocadores y novedosos,  habida cuenta del público al cual se orientaba. Fue darle una vuelta de tuerca más al proyecto de música electrónica alemán “Enigma” que fundara Michael Cretu, David Fairstein y el mismo Peterson, cuyos trabajos incluían samples de la Kapelle Antiqua conducida por Konrad Ruhland –por los que luego debieron hacer frente a sendas demandas legales- y mucho “ambiente” pop, rock y new age. De hecho, estos samples eran el único gregoriano auténtico que se podía escuchar en esta clase de producciones (1).

“Enigma” allanó el camino tanto de “Gregorian” como del proyecto francés “Era”, entre otros. Se trata de materiales fonográficos hoy fácilmente localizables en los escaparates de las disquerías, que desde la evocación de este repertorio litúrgico han contribuido a que el mismo exista de alguna forma en el horizonte de conocimiento del público masivo; ¡y a que el gregorianista se vea exigido a disertar en panorámica sobre su materia, previo a una celebración litúrgica o un concierto, cuando se le pregunta dónde están los instrumentos que van a acompañar el canto!


"Gregorian": el hábito no hace al monje.
 
DE “ENIGMA” A LOS MONJES DE SILOS
 
Siendo el resultado tan lejano del género original, de su riqueza melódica, rítmica, expresiva, el riesgo de las confusiones y de simplificaciones de todo tipo resulta evidente. Pero aún salido de las naves de las iglesias y penetrado en toda clase de escenarios, este tipo de experimentos promovió –justo es decirlo- en ciertos auditorios alejados de la fe cristiana, de su arte y de los recintos sacros, el conocimiento de este “estilo gregoriano”.
 
Tema tan antiguo como el gregoriano mismo es su ductilidad, que supo ser simultáneamente materia de trabajo para trovadores y troveros -los cantautores de antaño-, los organistas de Notre-Dame o de St. Martial, los compositores del Calixtinus, hasta los polifonistas renacentistas, por no mencionar los tantos creadores modernos y contemporáneos que extrajeron de su cantera valiosos recursos musicales. En efecto, “monumento incomparable por la riqueza, variedad y espiritualidad de su composición musical, destinada a subrayar los más bellos textos de la Biblia” en palabras de Michel Huglo (2), el gregoriano sin duda no deja de cautivar, en toda la extensión del término. Por lo cual la reflexión  aquí pasa por el avance de la cultura de masas sobre la música llamada “culta”, se llame Waldo de los Ríos y los restos de la  Sinfonía N°40 de Mozart, los Cuadros de una exposición de Moussorgky según Emerson, Lake & Palmer, la melodía principal de Para Elisa de Beethoven transformada en metálico ringtone, el Ave Maria de Bach-Gounod tal como fue presentado por la cantante franco-estadounidense Arielle Dombasle y  el grupo “Era” (3), “Gregorian”, y los beneficios directos que tiene sobre la obra y/o el género original, sin aditamentos, clichés o deformaciones, esta clase de “arreglos” para un publico más generalizado.
 
En el caso del canto gregoriano, alejado ya el suceso de 1994 que significó la masificación de aquellas masterizaciones de antiguos registros realizados por los monjes de Silos, pareciera que el  halo mistérico que enmarca este compendio de melodías, no hizo más que consolidarse en un tiempo necesitado de respuestas a aquello concerniente a lo trascendente de las cosas. Y hoy, extraído el estereotipo, que campee como música alternativa, cuando la cultura busca sus fuentes primigenias, como forma de regeneración y supervivencia.
 
 
                                                                    Enrique MERELLO-GUILLEMiNOT



(1) Su exitoso sencillo Sadeness utiliza fragmentos de la antífona Cum angelis con el Sal. 24 (23), 7-10 (LU, 588).
(2) Cf. HUGLO, Michel: Musiques latines, en Le Monde de la Bible 37 (1985).
(3) Más allá de valor artístico de su video clip dado a conocer a mediados de 2013, no deja de causar una sensación extraña, por así decirlo, observar cómo los esplendorosos interiores de la iglesia de Val-de-Grâce, en donde los domingos de otrora resonaban los neumas del  Choeur Grégorien de Paris, se transformaron en escenografía de lujo de este insólito proyecto musical .