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sábado, 13 de septiembre de 2014

La modalidad, un lugar sonoro

La modalidad gregoriana, lejos de ser un aspecto más en el estudio de la disciplina gregoriana, es una de sus facetas más ricas que tienen que ver tanto con la dinámica de su propia gestación, como con la estética misma intrínseca a su material sonoro y a su arquitectura más propia.

Estudiar la modalidad del canto gregoriano -o modología, como la denominan otros-, es abordar cada pieza del repertorio como un objeto precioso, que ciertamente admira y conmueve. El estudioso que indaga la modalidad de una pieza, buscará explicar su estructura interna: la naturaleza de sus giros, en muchos casos formulados, sus centros dinámicos (dominante-tenor salmódico  y final), y el porqué y para qué de toda esa construcción que está en relación íntima con el  texto, el momento del año litúrgico o el contexto celebrativo, y por tanto con el mensaje teológico del que la melodía es portadora.

Resulta saludable considerar ante todo la realidad histórica de los modos desde la fijación del repertorio;  están en la naturaleza gregoriana como los neumas, el latín o su funcionalidad litúrgica, lo cual se demuestra fácilmente desde los manuscritos mismos, superabundantes de referencias modales, por la existencia de tonarios en donde las melodías son organizadas de acuerdo a estos modos, o en el uso teórico y práctico en fin, de su nomenclatura específica, coincidente con el período de consolidación de este repertorio.       

Sin embargo, su evolución fue dando lugar de un marco teórico a uno de teorización, que es precisamente el que no sirve para entender la naturaleza  gregoriana; un  problema complejo, por cierto, pues que se ha erigido en una norma  que todo parece explicarlo, cuando es una evolución dinámica lo que en verdad explica el estado de resultado que es el gregoriano que llegó a nuestros días.

TEORIA Y TEORIZACION

No es dable pues, equiparar las escalas modales venidas de la cultura griega (dórico, frigio, lidio, mixolidio, etc.) con la teoría modal gregoriana de los conocidos Ocho modos latinos (el octoechos), aunque aquellas hayan sido tomadas en préstamo por los primeros teóricos y compositores gregorianos, fruto acaso de los vínculos de la Corte de los francos con Bizancio; tampoco todo el corpus melódico debe relacionarse con el octoechos como material de trabajo: abundan ejemplos en la edición Vaticana que dejan serias dudas en su categorización (ofertorio Erit vobis), otros con indicaciones que refieren  a tipos modales diferentes, en la búsqueda de querer ajustarlos a la normalización oficial (antífona Laudabo), e incluso hay piezas que no son posible categorizarlas (Sanctus y Agnus Dei XVIII) (1).

OF Erit vobis (GT 213), del viernes de la Octava de Pascua. 
La pieza, aunque señalada como escrita en el Modo VI, 
posee cadencias en cinco grados diferentes (Sol-Fa-Mi-Re-Do).

Además, esa naturaleza  dinámica -si no el quod divinum que deja en el aire- pareciera contraponerse a la idea de una elección a priori y racional del material por parte de los compositores gregorianos, como podría hacer un compositor de música “culta”; por lo mismo, pierde terreno un  conocido cuadro de relaciones psicológicas de cada modo, debido a Adam von Fulda quien, en la búsqueda de su ethos específico, escribía en el siglo XV: omnibus est primus, sed alter est tristibus aptus, tertius iratus... Bastaría  con examinar los 29 aleluyas auténticos del Graduale Triplex, y encontrarse con 7 de ellos escritos en el Modo II: ¿puede haber algo menos tristis para el cristiano que la solemnidad de la Epifanía, contexto litúrgico donde resuena el alleluia Vidimus stellam, escrito precisamente en ese modo?

Hablar de modalidad es hablar del modus, es decir, de una manera de cantar y de encuadrar la línea de canto en un determinado lugar sonoro, con toda una arquitectura interna que funciona en cada caso con coherencia y autonomía, por cuanto “la modalidad gregoriana no se lleva con los sistemas”, en expresiones de dom Guilmard (2). El peligro latente es el razonamiento a partir de teorías en lugar de hacerlo desde los documentos musicales y litúrgicos, para lo cual es necesario desprenderse de todo lo que es extraño a la materia de estudio y se interpola desde otras épocas, culturas o corrientes de pensamiento. Al fin y al cabo, “el análisis modal es una cuestión de hecho, de observación, y no la aplicación de principios teóricos y abstractos”, como acertaba en expresar ya en la década del 40, el modalista Henri Potiron, uno de los primeros autores en estudiar el tema con un criterio exhaustivo.


                                                                         Enrique Merello-Guilleminot

(1) En la investigación reciente se abrió paso la teoría de un origen del que derivarían todos los demás modos, partiendo de tres notas, Do, Re y Mi, conocidas como cuerdas madre, generadoras de otros tantos modos, por ello conocidos como arcaicos. Las primeras consideraciones sobre el punto son debidas a dom Jean CLAIRE (1920-2006), director del Coro de monjes de Solesmes y autor de numerosos trabajos sobre la materia.
(2) Cf. GUILMARD, Jacques-Marie: Nécessité et limites du recours aux mélodies pour établir l’histoire de la création du chant grégorien (Ecclesia orans, 1999/3, Pontificio Istituto Liturgico, Roma)

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Solesmes y el canto gregoriano

En 1837, un antiguo priorato benedictino, ubicado a orillas del río Sarthe, en Francia, es erigido en Abadía. Desde el entonces, el significado que adquiere Solesmes para la liturgia romana y para el canto gregoriano en particular, será decisivo para los destinos de este tipo de espiritualidad musical.

Este monasterio había sido construido hacia el 1010 por Geoffroy, señor de Sablé, y puesto bajo la dependencia de los monjes de Saint-Pierre de la Coutûre. El priorato dependía inicialmente de esa abadía, observante de las normativas del célebre monasterio de Cluny; y luego de la congregación maurista establecida en 1621.

Empero, la vida de esta comunidad que supo de esplendores fue interrumpida, como en general la de todas las órdenes religiosas de Francia, cuando los aires turbulentos de la Revolución estremecieron suelo y gentes de la nación gala: durante 43 años Solesmes estuvo vacío, sin monjes, sometido a los embates del tiempo. El estado de situación llevó a que el dueño de las tierras donde durante siglos día tras día se repetían las alabanzas a Dios, estuviera a punto de demoler lo que quedaba de aquellas construcciones venidas del románico. La iniciativa de recuperar tales ruinas le correspondió a Dom Prosper Guéranger (1805-1875), un joven sacerdote originario de la cercana ciudad de Sablé. Dom Guéranger no duda en alquilar la finca, y al frente de un pequeño grupo de religiosos inicia las obras necesarias para que el Opus Dei vuelva a resonar -en latín y naturalmente, en gregoriano- a lo largo de la nave de la iglesia abacial, llenando el espacio de sus altas bóvedas.

DOM GUÉRANGER

Dom Prosper Guéranger, fue en verdad no solo el I Abad de Solesmes, o el restaurador de la vida en ese cenobio, sino además el artífice de la recuperación de la orden benedictina francesa, y de la liturgia romana contenida como en el ánfora mas acabada en esas milenarias melodías gregorianas, luego definidas por San Pío X como modelo supremo de la música religiosa católica.

La recuperación de la vida monástica en “Saint-Pierre” de Solesmes constituyó la base material para que este canto tradicional de la Iglesia romana, como así lo entiende el Vaticano II, resonara solemne en el monasterio francés, como en toda la cristiandad. Dom Guéranger comprendió que el gregoriano recibido en los libros de canto entonces en uso no podía ser, en tanto primordial vehículo del acto litúrgico, esa “pesada y aburrida sucesión de notas cuadradas que no sugieren un sentimiento ni pueden decir nada al alma”, en sus propias palabras. Estaba en su intuición que el gregoriano, para hacerse oración cantada, debía ser ante todo oración, lectura inteligente de la Palabra para que luego sea palabra propia.


La imponente fachada de finales de 1896, obra de dom Mellet. 

La búsqueda de las fuentes históricas necesarias -los manuscritos dispersos por toda la Europa latina- para restablecer lo que la moda y el tiempo había estragado, relaciona sucesivamente a estudiosos conspicuos, hasta nuestro días. Dom Paul Jausions (1834-1870), comienza los trabajos de restauración de las melodías, encomendado por el propio Dom Guéranger; Dom Joseph Pothier (1835-1923),  es el autor de Mélodies grégoriennes, primer tratado sobre la base de las investigaciones de los antiguos manuscritos aparecido en 1880; Dom André Mocquereau (1849-1930), es el fundador del Atelier de paléographie musicale en 1889, en donde se atesora una importante colección de documentos; Dom Eugène Cardine (1905-1988) inaugura la semiología musical, la ciencia no tanto de la melodía como del ritmo y la expresión implícitos en los signos fijados por los notadores medioevales.
 
Hoy el porte de la abadía solesmense es inconfundible. Su imponente aspecto que recuerda a Mont Saint-Michel o el Palacio de los papas de Avignon, dejándose reflejar majestuoso sobre el Sarthe, está tan relacionado con el canto gregoriano, que para muchos casi constituye  como su equivalente visual. Centro pues de la restauración de este repertorio musical, enclave único de estudiosos, historiadores, liturgistas, musicólogos, buscadores de Dios que se expresan a través de la alabanza cantada de la manera más exquisita, Solesmes es como una ventana al cielo, desde donde los ecos de la liturgia de la Jerusalén celeste, cuando el tiempo lo favorece, casi se pueden llegar a hacer perceptibles.

 Enrique MERELLO-GUILLEMINOT