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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Solesmes y el canto gregoriano

En 1837, un antiguo priorato benedictino, ubicado a orillas del río Sarthe, en Francia, es erigido en Abadía. Desde el entonces, el significado que adquiere Solesmes para la liturgia romana y para el canto gregoriano en particular, será decisivo para los destinos de este tipo de espiritualidad musical.

Este monasterio había sido construido hacia el 1010 por Geoffroy, señor de Sablé, y puesto bajo la dependencia de los monjes de Saint-Pierre de la Coutûre. El priorato dependía inicialmente de esa abadía, observante de las normativas del célebre monasterio de Cluny; y luego de la congregación maurista establecida en 1621.

Empero, la vida de esta comunidad que supo de esplendores fue interrumpida, como en general la de todas las órdenes religiosas de Francia, cuando los aires turbulentos de la Revolución estremecieron suelo y gentes de la nación gala: durante 43 años Solesmes estuvo vacío, sin monjes, sometido a los embates del tiempo. El estado de situación llevó a que el dueño de las tierras donde durante siglos día tras día se repetían las alabanzas a Dios, estuviera a punto de demoler lo que quedaba de aquellas construcciones venidas del románico. La iniciativa de recuperar tales ruinas le correspondió a Dom Prosper Guéranger (1805-1875), un joven sacerdote originario de la cercana ciudad de Sablé. Dom Guéranger no duda en alquilar la finca, y al frente de un pequeño grupo de religiosos inicia las obras necesarias para que el Opus Dei vuelva a resonar -en latín y naturalmente, en gregoriano- a lo largo de la nave de la iglesia abacial, llenando el espacio de sus altas bóvedas.

DOM GUÉRANGER

Dom Prosper Guéranger, fue en verdad no solo el I Abad de Solesmes, o el restaurador de la vida en ese cenobio, sino además el artífice de la recuperación de la orden benedictina francesa, y de la liturgia romana contenida como en el ánfora mas acabada en esas milenarias melodías gregorianas, luego definidas por San Pío X como modelo supremo de la música religiosa católica.

La recuperación de la vida monástica en “Saint-Pierre” de Solesmes constituyó la base material para que este canto tradicional de la Iglesia romana, como así lo entiende el Vaticano II, resonara solemne en el monasterio francés, como en toda la cristiandad. Dom Guéranger comprendió que el gregoriano recibido en los libros de canto entonces en uso no podía ser, en tanto primordial vehículo del acto litúrgico, esa “pesada y aburrida sucesión de notas cuadradas que no sugieren un sentimiento ni pueden decir nada al alma”, en sus propias palabras. Estaba en su intuición que el gregoriano, para hacerse oración cantada, debía ser ante todo oración, lectura inteligente de la Palabra para que luego sea palabra propia.


La imponente fachada de finales de 1896, obra de dom Mellet. 

La búsqueda de las fuentes históricas necesarias -los manuscritos dispersos por toda la Europa latina- para restablecer lo que la moda y el tiempo había estragado, relaciona sucesivamente a estudiosos conspicuos, hasta nuestro días. Dom Paul Jausions (1834-1870), comienza los trabajos de restauración de las melodías, encomendado por el propio Dom Guéranger; Dom Joseph Pothier (1835-1923),  es el autor de Mélodies grégoriennes, primer tratado sobre la base de las investigaciones de los antiguos manuscritos aparecido en 1880; Dom André Mocquereau (1849-1930), es el fundador del Atelier de paléographie musicale en 1889, en donde se atesora una importante colección de documentos; Dom Eugène Cardine (1905-1988) inaugura la semiología musical, la ciencia no tanto de la melodía como del ritmo y la expresión implícitos en los signos fijados por los notadores medioevales.
 
Hoy el porte de la abadía solesmense es inconfundible. Su imponente aspecto que recuerda a Mont Saint-Michel o el Palacio de los papas de Avignon, dejándose reflejar majestuoso sobre el Sarthe, está tan relacionado con el canto gregoriano, que para muchos casi constituye  como su equivalente visual. Centro pues de la restauración de este repertorio musical, enclave único de estudiosos, historiadores, liturgistas, musicólogos, buscadores de Dios que se expresan a través de la alabanza cantada de la manera más exquisita, Solesmes es como una ventana al cielo, desde donde los ecos de la liturgia de la Jerusalén celeste, cuando el tiempo lo favorece, casi se pueden llegar a hacer perceptibles.

 Enrique MERELLO-GUILLEMINOT

lunes, 31 de diciembre de 2012

Acerca de mitos y realidades

Cuando se habla de canto gregoriano fluyen los adjetivos de todo tipo, en desmedro de una  escasa objetividad.

 No es una gratuidad, ni tampoco una alineación confesional referirse al canto gregoriano como a un thesaurus de la cultura. Por su parte, las generaciones, la pátina del tiempo, los juicios de los conocedores han contribuido a elevar este repertorio a la categoría de monumento de la música. Y si evaluamos  el milenio largo que tiene por detrás su historia documentada, el acendrado decir de su mensaje religioso, su inconmovible belleza, debiéramos concluir que lo es. En síntesis magistral,  Pío X define en su motu proprio Tra le sollecitudini  (1) las características más específicas del gregoriano, esto es su “santidad, universalidad y verdadero arte”: es un canto descarnado, para todo el mundo, naturalmente bello.
 

El Choeur Grégorien de Paris en la Exposición Universal de Japón Aichi 2005
 

Pero aunque justificado, tanto incienso ha dado lugar a toda otra clase de literatura asentada en el fenómeno de la  mistificación, frecuente y casi inevitable instancia en la historia del hombre cuando ciertos eventos tocan su corazón; y así se ha querido ver en esta summa melódica el instrumento para una  misteriosa conexión entre lo tangible y lo intangible, entre lo terrenal y lo cósmico, entre “lo de abajo” y “lo de arriba”, al decir de la tabula smaragdina y la tradición hermética.
 
No vamos a negar que la densa teoría especulativa medioeval, donde el número era propiedad del hecho musical, parece ser inherente al canto sagrado y a su marco teórico. Tema del gregoriano es desde su gestación, ese entorno metafísico con relaciones simbólicas de intervalos y conceptos teológicos, y aún con vínculos un poco más difíciles entre números y medidas sagrados con el sistema modal, como proponen otros teóricos.

 SIGNO, SIMBOLO, ICONO SONORO

La asociación del canto gregoriano con las grandes obras y con los grandes hombres  no es nueva, y se remonta al siglo IX, cuando se le dio el nombre de gregoriano. Era “atar” un libro a la autoría de Gregorio I, monje-papa, doctor de la Iglesia, santo enamorado de la alabanza litúrgica, cuya grandeza de su apelativo se justificaba en diversos campos, y su nombre prestaba legitimidad y autoridad a este conjunto de melodías dispuestas para cantar en el rito católico. Constituye por tanto, un repertorio melódico, una familia litúrgica (romana) dentro de un panorama mucho más complejo, superabundante en ritos, liturgias, cantos: coexistían inicialmente con el llamado gregoriano el canto ambrosiano, el galicano, el mozárabe. Tampoco puede entonces ser equivalente a aquella genérica "monodía cristiana" aprendida en los viejos programas de la enseñanza media.

Registro documental de piezas melódicas para ser celebradas, símbolo aglutinador de hombres y/o mujeres que rezan en comunidad, representación icónica de lo sagrado, el gregoriano se presenta como expresión trascendente de lo sensitivo; acaso esa sencilla pero imponente presencia -la simplicidad suele ir de la mano de lo bueno-, llevó a decir a Georges Huysmans (2) que sus melodías corresponden a “la paráfrasis aérea de la inmóvil estructura de las catedrales”.  
 
Huysman comprendió que el templo era la "caja de resonancia" ideal del gregoriano, y aún más: su manifestación inmaterial que vuela bajo  sus bóvedas y sus arcos.
 
No obstante, no ha de olvidarse que por sobre todo el canto gregoriano es música; música vehiculizadora de lo espiritual; oración cantada, texto que se reconoce sagrado y que se canta enmarcado  en un credo y doctrina determinados por una de las tres grandes religiones tradicionales de Occidente, pero música al fin: domino del arte de los sonidos y silencios.

Por ello acaso hace bien y es misterioso, como la misma música y también como la religión: para el hombre de fe, por cuanto su mística es la de Dios, su bien se desprende de su mismo catecismo sonoro, y del Bien supremo que es su único objeto; para el melómano, por cuanto deja a su alma la audición objetiva de su arco melódico, con todos sus desarrollos, hasta alcanzar el último fonema de sus desinencias latinas.

Enrique MERELLO-GUILLEMINOT

(1) Promulgado el 22 de noviembre de 1903, este documento constituye la gran apoyatura de la jerarquía eclesiástica a las investigaciones gregorianísticas de los monjes de Solesmes.
(2) Georges HUYSMANS (1848-1907), oblato benedictino de la Abadía de Ligugé y destacado escritor francés, fue autor de novelas de gran suceso en su época, como En route, La cathédrale, Les foules de Lourdes, L’oblat, etc.