sábado, 19 de diciembre de 2015

La entonación del canto gregoriano: Consideraciones para su discusión

Siglas, abreviaciones e indicaciones:

Clu – Paris, BNF, lat. 1087, Gradual de Cluny, ca. 994-1048.
cod. – Códice
Gal 1 – St. Gallen Stiftsbibliothek 359  (Cantatorium), 922-925.
M – Mayor
m – Menor
Mon – Montpellier, Bibliothèque de la Faculté de Médicine, H159, s. XI.
mss. – Manuscritos
Sta – Stavelot, London British Library, Add. 18031-32, inicios del s. XIII.
Tri – Trier, Stadbibliothek 2254 (2197), s. XIII.
Utr – Utrecht, Catharijneconvent, ABM h62, primera mitad del s. XIII.
2, 2da. - Segunda
3, 3ra. – Tercera (etc.)

Un aspecto importante y usualmente poco examinado bajo la lupa de la investigación científica actual, tiene que ver con el patrón de entonación del canto gregoriano; cuál era en la práctica el sistema tonal, y qué criterios lo regían, cuando en el entonces constituía un verdadero problema la ausencia de una única escala de tonos y semitonos.

Sabido es que el sistema de Pitágoras edificado sobre el ciclo de 5tas. justas no da respuesta a este problema (1); ni mucho menos que el tono y el semitono de hoy universalmente conocidos, al menos desde la Escala Uniformemente Atemperada teorizada por Werckmeister en 1686 son el tonus y el semitonium de los antiguos. Entonces, cuando primaba la “calidad” sobre la “cantidad”, cuando el concepto dominaba el número, ¿cómo se entonaba? Siendo que la alta precisión que en general presentan las fuentes documentales que registraron las melodías gregorianas, desestima toda duda de arbitrariedad, en el entendido que existe una correspondencia entre el registro y la ejecución, cabría pues, abordar el problema partiendo de la información disponible:

1 -  Las fuentes mss. que registran el dato musical en sí mismo.
2– Las fuentes mss. que registran el marco teórico para la práctica musical gregoriana, u otras de las que se podrían inferir datos relativos a una determinada aplicación.

FUENTES MUSICALES

Los mss. adiastemáticos no presentan referencias directas que precisen cuestiones de altura absoluta de los sonidos. La  justeza de los intervalos está fuera del campo de competencia de este tipo de notación. Sin embargo, la existencia de determinados signos ubicados en enclaves de pasaje resulta llamativa en esta reflexión. En efecto, los signos de conducción como el quilisma o el oriscus del salicus en el interior de una 3ra. ascendente, acaso también den muestra de un índice de dificultad práctico en la emisión de estos intervalos  ¿Por qué hay que “conducir” estas 3ras. con un signo especial (2), y por qué no son necesarios estos signos de conducción en los saltos ascendentes de 4ta. o de 5ta.? Podría explicarse por el hecho que la 3ra. –y su inversión, la 6ta.- intervalos relevantes desde el Renacimiento y que hoy determinan el género tonal, son históricamente consonancias imperfectas; concretamente, en el sistema de Pitágoras son los intervalos menos consonantes, en razón de sus módulos elevados: 81/64, 32/27, 27/16 y 128/81.

La presencia de signos especiales de posible referencia microtonal en ciertos mss. podría mover a la reflexión sobre la utilización, a partir de la oralidad venida de tradiciones locales antiguas o del uso del género enarmónico (3), de un material tonal diferente al que se concibe hoy para el repertorio gregoriano. El investigador Manuel Pedro Ferreira abordó en tiempos recientes esta problemática (4) a partir de la consideración de Clu, Utr, Sta, Tri y particularmente de Mon y su aún oscuro sistema de signos (5):

Se trata de una tesis propuesta en 1961 por Joel Mandelbaum refutada luego por dom Jacques Froger (6), que pretende explicar el por qué de esos signos entre el Mi y el Fa. ¿Expresan cuartos de tono, o buscan en cambio precisar aspectos de entonación vinculados con esas 3as. pitagóricas poco consonantes? Es sabido que en Occidente, la división de la escala musical no ha sido estática, y que la utilización de intervalos más pequeños que el semitono no es un patrimonio exclusivo de otras culturas distantes.  

FUENTES TEORICAS

No faltan los libros teóricos dedicados a examinar la gama musical. Así, Boecio (De Institutione Musicae), Guido d’Arezzo (Micrologus), Jacques de Lièges (Speculum musicae), Aribon (De Musica), la refieren en último término a la antedicha gama propuesta por Pitágoras edificada sobre el ciclo de 5tas. justas (7). La entonación que resulta de la división pitagórica de la cuerda era la mejor que se disponía, y de ello no caben dudas. Guido por ejemplo, propone dos procedimientos diferentes para poder llevarla a la práctica (8). Para estos fines se disponía del monocordio, un instrumento teórico construido por los monjes latinos a partir del siglo X: Homo, prout voluerit vel potuerit, cantat; chorda autem per supradictas litteras a sapientissimis hominibus tali est arte distincta, ut mentiri non possit, se lee en relación con el mismo en Dialogus in Musica (9). En la misma línea, S. Justino, Clemente de Alejandría, Lactancio, Tertuliano, validaban los instrumentos musicales por su sola necesidad pedagógica (10).

Más allá de la cuestión “climática” del ethos de cada modo, siempre discutible por su ambigüedad, el quid de la cuestión es la justeza de los diferentes intervalos, lo cual sobre la base del sistema pitagórico, no resulta del todo convincente. En efecto, el postulado básico de que a menor valor modular mayor consonancia, desacredita no solo las 3ras. y 6tas., sino también las 7as.  27/16 y 16/9.

No obstante, la pervivencia de dicho sistema permitió a los cantores tener la certeza de los intervalos llamados “pitagóricos”: los de 4ta. (diatessaron), 5ta. (diapente), 8va. (diapason) (11) y también la 2M pitagórica (tonus).

                                               1/1     9/8      4/3       3/2         2/1
                                          Unísono Tono  Cuarta  Quinta   Octava 
                                            
Pero es improbable que los otros hayan sido utilizados en la práctica gregoriana frecuente (12). Una interesante miniatura del siglo XIII pareciera confirmarlo (13). En la misma, se representa a un hombre con un monocordio y otro con un arpa. Cabría suponer que es el arpa la que debiera afinarse a partir del tono dado por el monocordio. Sin embargo, la imagen muestra al monocordista calibrando su instrumento a partir del tono emitido por el arpista. El cuchillo que sujeta está preparado para hacer una muesca en el lugar que indica la otra mano, y se ubica a 1/16 del largo total de la cuerda. El tono corresponde, pues, al 16/15, la 2m llamada “ptolemaica” por Eduardo por Sábat-Garibaldi (14), más consonante que su equivalente “pitagórica”, el 256/243. Esto lleva a inferir que probablemente también las 3ras. y 6tas. se determinaban más por oído que por cálculo. En efecto, la 3M “justa” de Ptolomeo, expresada mediante  el módulo 5/4, y los demás derivados del armónico 5, de módulo ptolemaico 16/15, 10/9, 6/5, 5/4, 8/5, 5/3, constituyen mejores opciones tonales que sus equivalentes derivados del armónico 3 del sistema pitagórico. Todos ellos presentan proporciones más sencillas, y se encuentran a una distancia constante de los mismos, correspondiente a una coma sintónica o de Dídimo, expresada por el modulo 81/80, es decir a 21,5 cents (15). 


El valor que Aristóxeno de Tarento había asignado a la experiencia auditiva por sobre el número de los pitagóricos (16), parece corroborar esta observación.

CONCLUSIÓN

La entonación del gregoriano -al menos el practicado durante la época contemporánea a la de los documentos considerados- tuvo su base teórica en la naturaleza matemática de los fenómenos acústicos constatables en una cuerda en tensión, a partir de una determinada forma de división de la misma. Sin embargo, el escaso valor armónico de las 3ras, 6tas, y 7as. resultantes llevó a la necesidad práctica de sustituirlas. Las 3ras. debían ser “conducidas” a la justeza que le imponía al oído el sistema de Pitágoras; justeza que se correspondía con los intervalos ptolemaicos.  Basta pues colocar la voz a una coma sintónica de distancia del sonido teórico, para encontrar el intervalo correcto. ¿Es posible conformarse con la afirmación que admite la necesidad de las 3ras. y las 6tas. justas solo como resultado de la aparición de la polifonía?  El gregoriano, registrado escrupulosamente sobre el pergamino durante siglos, no pudo haber sido entonado de una manera aproximativa durante todo ese largo lapso que precedió a la irrupción del género polifónico.

Entonces:

1 - la proximidad de estos intervalos cualitativamente mejores a las cantidades pitagóricas correspondientes;
2 - la presencia recurrente de signos especiales como el quilisma en pasajes ascendentes de 3ra., o incluso
3 -  el oído musical que prevalece sobre un sistema tonal imperfecto en sí mismo,

llevan a considerar altamente probable que fueran dichos intervalos los empleados en los hechos, así como la 2M, la 4ta. y la 5ta. lo fueron por su justificación teórica. Es lo que se denomina entonación justa: partiendo de la matriz pitagórica ofrecida por el monocordio, los cantores “gregorianos” de la Edad Media habrían cantado con 3ras., 6tas. y 7as.justas intuidas antes que medidas (17).   

Progresivamente embretado entre la trama lineal del diastematismo que en cierto sentido ofició de “filtro” modal, el canto gregoriano sufrió la misma suerte que la música moderna en cuanto a su sistema tonal, sobre todo después del triunfo de la Escala dodecafónica uniformemente atemperada de los teclados modernos, que rige la fórmula raíz doceava de 2. Un sistema que quedó ahogado en otro, hoy de gran utilidad y dominio universal, pero que no permite sino una aproximación al ambiente tonal de la época  de esplendor de este repertorio, cuando no se podía concebir sino con escrupulosidad la entonación de los intervalos, y cuando éstos eran trascendente al hecho musical mismo hasta las cumbres de la teología y las verdades de la fe que por medio de ellos se cantaba.

                                                                                               Enrique Merello-Guilleminot
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(1) Pitágoras había observado que la consonancia entre los sonidos se originaba cuando el cociente entre el largo de las cuerdas que los producían expresado en fracciones del tipo M/N, daba números pequeños y enteros. Su sistema se resume en un ciclo de 5tas. justas conforme a la fórmula (3/2)n. De la superposición de siete 5tas. justas resulta una escala heptatónica diatónica, pero con 3ras. y 6tas. acústicamente malas. La 3M Do-Mi, por ejemplo, dista cuatro 5tas. justas, que es decir (3/2)4 =  81/16, valor que dentro de la 8va. se expresa 1׀(3/2)4׀2 = 81/64. El uso del ciclo de 5tas. parece remontarse al chino Ling-Lun, ministro del legendario Huang-Ti.
(2) Incluso en Gal 1, como se sabe, el quilisma es diferenciado de acuerdo a la cantidad de bucles, según la calidad (M o m)  de la 3ra. montante que representa. 
(3) Si bien resulta cómodo hablar del género diatónico como el más idóneo para este repertorio, no debiera olvidarse que aunque marginal, el enarmónico también estuvo presente en su proceso histórico, aunque resulte complejo a la hora de su puesta en funcionamiento en la liturgia, su ámbito específico.
(4) Ciclo de Conferencias Entre théorie et pratique : écriture et réalité du chant grégorien au Moyen Age, École pratique des Hautes Études, Université Paris-Sorbonne, 29 de noviembre de 2004 al 17 de  enero de 2005.
(5) Cf. Mon, Paléographie Musicale VII-VIII, Solesmes, 1995, p. X.
(6) Cf. Jacques FROGER, Les prétendus quarts de ton dans le chant grégorien et les symboles du ms. H.159 de Montpellier, « Études grégoriennes », XVII, 1978, pp.145-179.
(7) Cf. Albert-Jacques BESCOND-Giedrius GAPSYS, Le chant grégorien, Collection « Les Traditions musicales » de l’Institut International d’Études Comparatives de la Musique, Paris, Éditions Buchet/Chastel, 1999, pp. 172-175.
(8) Cf. GUIDO d’AREZZO, Micrologus, traducción y comentarios de Marie-Noël Colette y Jean-Christophe Jolivet, París, Cité de la musique-Centre de ressources musique et danse,  1996, cap. III.
(9) "El hombre canta lo mejor que puede; pero la cuerda está dividida por los sabios con tal destreza que no puede mentir” (Cf. PSEUDO-ODO, Dialogus de Musica, 1).
(10) Cf. Xabier BASURKO, El canto cristiano en la tradición primitiva, Vitoria, Esset, 1991.
(11) A la luz de la evolución histórica de las formas musicales, también se puede razonar la certidumbre de los intervalos consonantes pitagóricos, a partir de los primeros ensayos polifónicos (organum o diafonía), desprendidos de éstos, a manera de tropo vertical (espontáneo o experimental) en sus orígenes.
(12) Incluyendo el semitono pitagórico o limma 256/243, a pesar de que se le menciona en el Ter tria iunctorum, un curioso ejercicio que presenta el elenco de intervalos de uso en el repertorio litúrgico,  atribuido a Hermanus Contractus (cf. Gregorio SUÑOL, Método completo de canto gregoriano, Barcelona, Abadía de Montserrat, 1959,  pp.42-43).
(13) Cf. Cod. Lat. 2599 de la Bibl. del Estado de Munich.
(14) Cf. Eduardo SÁBAT-GARIBALDI, Principios de la Gama Dinámica, Montevideo, Arca, 1994, p. 57. En esta obra, el autor analizó con detenimiento la relación entre la sistemática pitagórica y la ptolemaica, fruto de lo cual es un tipo de Escala autónoma de 53 comas en la 8va. que denominó “dinámica” (y de un instrumento para su ejecución, la dinarra), división que ya había sido estudiada en la Antigüedad por Ching Fang y luego vuelta a examinar por Nicholas Mercator y Robert Holford Macdowall Bosanquet.
(15) SÁBAT-GARIBALDI, op. cit., p. 57.
(16) Aún priorizando la impresión sensorial por sobre la especulación, Aristóxeno dejó una indudable impronta en los medioevales.
(17) Helmholtz, estudiando el problema del maridaje de los instrumentos de entonación libre de la orquesta con los atemperados, describe un experimento muy interesante realizado junto al célebre violinista Joseph Joachim. Luego de hacerle afinar las cuerdas –de suyo afinadas en 5tas. pitagóricas justas- con su armonio de afinación justa, constata que al ejecutar intervalos de 3tas. y 6tas. sobre una escala mayor, Joachim utilizaba intervalos justos, conforme a su teoría de que todos los grandes concertistas lo hacen (cf. Hermann HELMHOLTZ, Die Lehre von den Tonempfindungen als physiologische Grundlage für die Theorie der Musik, traducción y notas de Alexander Ellis, New York, Dover, 1954, p. 325). 

miércoles, 24 de diciembre de 2014

El canto gregoriano, un repertorio universal


Con más de 1200 años de historia, el canto gregoriano pareciera, como las pirámides, desafiar el tiempo. Pero, a diferencia de éstas, se trata de un monumento vivo, animado por la misma Palabra de Dios que canta. Soplo del hombre que responde al soplo divino, aquí y allá, en Europa, el África, en Japón o en los países de América, estas melodías se han ganado su lugar propio, rebasando el  ámbito de la liturgia de donde nacieron. Como si la cultura del tiempo real le hiciese un hueco a esta música que parece germinar en el silencio y fundirse en la eternidad. Ese pasado de larga memoria nos lleva al misterio mismo de la experiencia de la fe, al lugar de encuentro entre el canto y el encanto.

UN CANTO CAROLINGIO LLAMADO GREGORIANO 

Si se quisiera remontar el largo río de la historia del repertorio llamado gregoriano, debiera orientarse la proa hasta el origen mismo de la fe cristiana. Es la barca de la Iglesia romana la que llevó hacia todos los puertos y desde sus inicios el mensaje de Jesús de Nazaret y con él, sus particulares formas de transmisión.

Imbricada en las tradiciones judías como brote de un mismo tronco, cristianos y judíos compartían en los primeros tiempos, la misma forma de cantar, rezar y leer  las Sagradas Escrituras. El propio Jesucristo era observante de esta liturgia que ya tenía en la salmodia (1) su meollo, la clave para hablar con Dios. No sin razón se ha dicho que en los salmos está implícita la oración de Jesús, y que quien los canta pone en su boca las propias palabras del Nazareno. 

Tal como documenta Tertuliano a comienzos del siglo III (2) ese esquema lectura-canto-oración se constituirá en matriz tanto del oficio divino, hoy conocido como liturgia de las horas, como de la misa, entonces llamada fracción del pan. A partir del 313 (Edicto de Milán), la habilitación de la religión cristiana y luego su oficialización  ayudó al desenvolvimiento del culto y de la  música de la Iglesia, universalizándose conforme se establecía el latín como lengua litúrgica. La solemnidad del rito y de la música creció tanto como el tamaño y esplendor de las basílicas. Sin embargo, esto no inhibió al desarrollo más o menos autónomo de diferentes tradiciones relacionadas con el contexto local en donde el cristianismo era implantado. 

Cuando en el 590 Gregorio (ca. 540-604) es elegido obispo de Roma, la diversidad de lenguajes musicales de uso en el rito cristiano era considerable. Así, existía un canto milanés (o ambrosiano, por S. Ambrosio, obispo de esa ciudad en el siglo IV), un canto galicano (en la antigua Galia, hoy Francia), uno mozárabe (en España), otro beneventano (en el sur de Italia) y el canto romano. 

 Antifonario Visigótico Mozárabe de la Catedral de León  Ms. 8, o Antifonario de León (s. X),
el códice musical más importante de la liturgia hispánica.

Es bien probable que Gregorio I, monje antes que papa, tuviese en alta estima la música en relación con su función sagrada, habida cuenta de la importancia que tradicionalmente tuvo y tiene el canto en la vida monástica, como vehículo idóneo para la alabanza divina, al menos desde la Regula monachorum redactada hacia el 540 por S. Benito de Nursia. Pero en la cátedra de S. Pedro, Gregorio fue absorbido por sus obligaciones de estado, una actividad desbordante como para “componer” por sí mismo un repertorio para la totalidad del Año litúrgico (3). 

Sin embargo, su pontificado y obras le valieron tal prestigio (4), que más de dos siglos después, ya estaba fuertemente instalada la leyenda que le atribuía la autoría de la música litúrgica romana. Unos comentarios aparecidos en la Vita Gregorii Magni de Juan Hymmonides el Diácono (¿?- ca. 882) sobre un supuesto Antiphonale “muy útil para los cantores” del cual S. Gregorio sería responsable; el prólogo a ciertos libros de canto que a partir del siglo IX le reconocen su paternidad (5); y finalmente la iconografía que completó su imagen con una eterna paloma que parece dictarle al oído la música que debieran cantar los fieles, contribuyeron a ello.

La realidad histórica es que este compendio melódico surge de una hibridación entre el canto galicano y el romano, llevada a cabo bajo los monarcas carolingios, a fin de asegurar la unidad política y religiosa del imperio. Escribe Carlomagno: “que todos aprendan el canto romano (...) y se suprima el oficio galicano, en vistas a la unidad con la Sede apostólica” (6), entendiéndose aquí por “romano” ya ese mestizaje en el cual el galicano fue reacondicionado a los textos y al calendario romano por los técnicos establecidos en Metz, ciudad que por acción de su obispo S. Crodegango (ca. 712-766) se había transformado en un importante centro musical. 

Facsimil de la Admonitio generalis del emperador Carlomagno (789).

Habida cuenta entonces de su genealogía, procedencia o época en la que se originó su versión definitiva, este repertorio bien podría conocerse como canto “romano-franco”, canto “metense” o “carolingio”, sin faltar a la verdad en ninguna de las tres posibilidades.  

Con recursos musicales mínimos, en tanto se entona a una sola voz y sin acompañamiento –a partir de los Padres de la Iglesia se reconocía en el cuerpo humano el instrumento ideal, pues en él vibra el alma del justo-; una valorización de las notas antes que una cuantificación -los sonidos carecen propiamente de medida, lo que le valió luego la apelación de cantus planus o canto llano- y una organización interna de los sonidos -la modalidad- que no se basa en escalas, sino en determinados vínculos de atracciones, este repertorio es fijado y notado con minucia, desplazando paulatinamente a los demás. Y, promovido por las autoridades, y puesto bajo el patrocinio de S. Gregorio Magno, se expandió como el canto “de Gregorio” o “gregoriano” en un arco de tiempo amplio, hasta ser finalmente adoptado por Roma a principios del siglo XIII.

El AL. Ostende nobis del Tiempo de Adviento, registrado en el Cantatorium o
 Sankt Gallen Stiftsbibl. 359 (922-925).


EN BUSCA DEL GREGORIANO PERDIDO 

Paradójicamente, la estabilización por escrito del gregoriano acompañó su paulatino retroceso. El afán por precisar los intervalos musicales, fundamentales a la ciencia nueva que iba abriéndose paso, la polifonía, supuso un corte en la tradición oral, sobre todo en lo relativo a los aspectos más específicos de su expresión. 

Material de trabajo para los compositores de las primeras formas musicales a varias voces simultáneas, del repertorio gregoriano no quedó luego sino un recuerdo de su grandeza descarnada y contundente. Cuando la Contrarreforma (Concilio de Trento), Roma, cautivada por el nuevo género musical entonces en pleno apogeo, somete estas melodías a revisión -según el gusto del momento- y las hace imprimir entre 1614 y 1615, en una edición patrocinada por el cardenal de Médicis. Era un “arreglo”, en el cual no se dudó en cercenar los extensos melismas (7) en el entonces incomprensibles. El canto gregoriano, a espaldas de algo que muy poco tenía que ver con ello, quedó olvidado bajo el polvo de  los viejos códices de las bibliotecas de monasterios y universidades, a la sombra del barroco musical, de Bach, de Mozart y Beethoven...

Kyrie IV, según la edición de los Médicis (Biblioteca Feninger, FSG 20, Trento).

Con la restauración en 1833 del monasterio de Saint-Pierre de Solesmes, en Francia, la historia de este lenguaje musical es la de su paulatina restauración en todo el universo cristiano. Fue dom Prósper Guéranger (1805-1875) quien decide adquirir lo que quedaba tras la Revolución, de ese antiguo priorato benedictino fundado en el 1010, enterado de que su propietario tenía intenciones de terminar de echarlo abajo. Con sus edificios, la restauración de Solesmes fue también la de la vida monástica en el lugar, y del repertorio litúrgico tradicional de la Iglesia católica romana. 

Dom Guéranger enseguida encomienda a sus monjes a rezar cantando, en conformidad a la más pura tradición en la materia y más allá de las fuentes que ofrecían solamente “una sucesión pesada y agotadora de notas cuadradas que no sugieren un sentimiento ni pueden decir nada al alma”(8). Por esa época los signos con los que se registraron las melodías gregorianas, llamados neumas (9) resultaban incomprensibles. Fue dom Joseph Pothier (1835-1923), quien emprendió el análisis de las piezas, sobre la base del precioso códice Saint-Gall 359 del siglo X  descubierto por el Lambilotte en 1849 y publicado dos años después. Convencido de la permanencia de la tradición oral, el estudio comparado de los antiguos libros de canto permitió a dom Pothier, como un verdadero “Champollion de los neumas”, decodificar esa otra suerte de jeroglíficos con los que los notadores de más de mil años atrás fijaron las melodías para cantarle a Dios, permitiendo pronto ejecutarlas con buen nivel de fidelidad. La invención y posterior desarrollo de la técnica fotográfica fue una ayuda inestimable a este propósito. 

Dom Joseph Pothier (1835-1923).

Aún así, en 1873 una nueva edición derivada de aquella medicaea aparecida en el Renacimiento, es aprobada por Roma  como versión oficial. Esto hacía que hubiese un gregoriano “genuino” y canónico, y otro verdaderamente auténtico sostenido por el concurso de distintas ramas de la ciencia (y en especial la paleografía musical), el gregoriano histórico extraído de los documentos. Primero fue León XIII y luego, a poco de asumir la sede de S. Pedro, fue S. Pío X, quienes comenzaron a revertir esta situación. El motu proprio Tra le sollecitudini (10) de este último, lo calificó como “modelo perfecto” para cualquier otra forma de música católica dedicada al culto, avalando las investigaciones musicológicas sobre el fondo melódico antiguo emprendidas por Solesmes y promoviendo en fin, una edición definitiva, la actual vaticana, cuyos libros principales verán la luz antes de la Gran Guerra. 

En la misma línea, el concilio Vaticano II reconoció el gregoriano como “el canto propio de la liturgia romana” (11), definición que contrariamente a lo que a veces se acepta y presenta como objeción a este repertorio, no genera dificultad por cuanto el latín, el de la Biblia Vulgata Latina de S. Jerónimo y del canto gregoriano, lejos de abolirse, fue definido como la lengua litúrgica de la Iglesia católica. 

El Graduale Triplex (Solesmes, 1979), libro post-conciliar que
 a la notación melódica cuadrada tradicional del canto gregoriano, le incorpora 
las versiones de S. Gall y Laon. Aquí el GR. Sederunt principes, de la Misa de San Estéban.

Proceso en marcha que involucra nuevas ciencias como la semiología gregoriana, surgida por el genio de otro monje benedictino, dom Eugène Cardine (1905-1988), este repertorio empero se podrá considerar plenamente restaurado cuando la apoyatura de la práctica ritual le restituya en su lugar histórico, de manera viva y habitual, derecho y necesidad que ha sido reconocido y exaltado por las autoridades de la Iglesia en fechas recientes (12).

EL CANTO GREGORIANO EN EL RIO DE LA PLATA

Desde que el primer misionero español puso pie en las pampas y le fue dado cantar la misa ante criollos y amerindios, el gregoriano se hizo parte de la historia de las naciones del Plata. Entonces, se le conocía como canto llano, y no era otra cosa que el de la medicaea que llenaba los misales de la época.

La primera referencia a la tradición gregoriana en tierras orientales se remonta a 1824, año en que llegó al Río de la Plata la Misión Apostólica Muzi, integrada por Giovanni Mastai Ferretti, luego elevado al papado con el nombre de Pío IX. El secretario de la misma, José Sallusti, autor de una crónica aparecida tres años después en Roma con el nombre de Storia, da cuenta que “en un pequeño pueblo de indios llamado Durazno” se celebraba misa “con el canto gregoriano muy bien entonado” por los propios indígenas. A lo que el cronista agrega: “como si estuviesen todavía bajo el régimen de aquellos buenos Directores de la Compañía que los habían instruido" (13). Desde luego, estos cantores no eran sino los guaraníes provenientes de los pueblos misioneros del norte que, en su diáspora tras la expulsión de la Compañía de Jesús de España y los territorios de ultramar en 1767, se establecieron en importante número en la zona central de la Banda Oriental. Y el gregoriano que podían entonar, era parte del lenguaje religioso que habían aprendido, no más arte que la liturgia en la cual estaba engarzado y vivían de manera espontánea. 

Sobre finales del siglo XIX la Argentina y el Uruguay no fueron indiferentes a las investigaciones llevadas adelante por los monjes de Solesmes. En los medios católicos de la región, el gregoriano restaurado se abría camino, siguiendo las directivas del motu proprio de S. Pío X antes mencionado, y particularmente gracias a la enorme difusión del Liber Usualis Missae et Officii (1903), verdadero vademécum por contener las piezas de las misas y oficios de los domingos y fiestas del año, con el agregado de un sistema rítmico para ejecutarlas, desarrollado y difundido por dom André Mocquereau (1849-1930). 

Dom Andrés Azcárate (1891-1981), Primer Abad de San Benito de Buenos Aires.

Este movimiento litúrgico, asimismo se vio favorecido por la fundación en 1914 de la Abadía de San Benito de Buenos Aires, por monjes de la Abadía de Santo Domingo de Silos (España). En efecto, su I Abad P. Andrés Azcárate (1891- 1981), a más de promover la práctica esmerada del canto gregoriano entre sus monjes, propició el dictado de innumerables sesiones y cursos, la creación de coros y la publicación de revistas y subsidios, siendo autor él mismo de obras como Rudimentos de canto gregoriano, y sobre todo La flor de la Liturgia, aparecidas en Buenos Aires en 1932, que ganaron amplia difusión en el Río de la Plata y toda Hispanoamérica. 

El paulatino desplazamiento del latín del ámbito del culto, fenómeno que se dio desde mediados de los ’60 a escala planetaria, no impidió que hoy estas melodías sean el lenguaje litúrgico propio de ciertas comunidades religiosas, principal móvil de instituciones y agrupaciones de laicos que las ponen en práctica en el templo como fuera de él, materia de estudio de las universidades, afición en fin, de espíritus sensibles, trascendente a toda frontera de confesionalidad. No ha de llamar la atención, ateniéndonos a su mismo doble objetivo, que es el de toda música sagrada: la gloria de Dios y la santificación de los hombres (14).


La Schola Cantorum de Montevideo cuando sus veinte años (2008). 
En esta institución musical uruguaya se daban cita personas de diversas confesiones 
unidos por el mismo amor al repertorio gregoriano.

Instrumento y símbolo a la vez, usus y ars, el canto gregoriano con belleza inmarcesible  expresa el amor que Dios nos tiene y el nuestro propio hacia Él. Y esto, en medio de este tiempo surcado por el ruido, más que un bálsamo, constituye un verdadero anticipo. 

                                                                           Enrique Merello-Guilleminot



(1) La práctica de entonar el salterio, el conjunto de los 150 salmos bíblicos.
(2) Cf. TERTULIANO, De anima, IX.
(3) Por lo demás, en su época aún no existía la escritura musical.
(4) Junto a S. Ambrosio, S. Agustín de Hipona y S. Jerónimo, S. Gregorio Magno es uno de los cuatro primeros Doctores de la Iglesia, reconocidos también como Padres de la Iglesia de occidente.
(5) Se conoce por su íncipit Gregorisu praseul, y por siglos fue la prueba de la labor de S. Gregorio I como compositor. Así se presenta en el folio 2 del Cantatorium de Monza, el libro más antiguo de piezas para el solista: “El prelado Gregorio se elevó al honor supremo, del cual es digno por sus méritos y por su nacimiento, restauró la heredad de los antiguos Padres, compuso para la Schola Cantorum esta colección del arte musical”, citado por Juan Carlos ASENSIO, El canto gregoriano. Historia, liturgia, formas…, pp. 26-27, Alianza Música, Madrid, 2003.
(6) Cf. Admonitio generalis, 23/03/789, N°80, citado por  Georges TESSIER, Charlemagne, p. 307, coll. “Le mémorial des siècles” edición G. Walter, Albin Michel, Paris, 1967.
(7) Fragmentos de música pura sobre una sola vocal, que paulatinamente se fueron incorporando al solo texto cantado.
(8) Cf. Dom Prosper GUÉRANGER, Carta de aprobación al Méthode raisonnée de plaint-chant de A.-M. Gontier, Le Mans, 1859, p. XII, citado por dom Daniel SAULNER, Le chant grégorien, Centre Culturel de l’Ouest, 1995, p. 10.
(9) “Signo” o también “aire”, en el sentido de espíritu de los sonidos representados, según las dos etimologías posibles.
(10) Cf. PIO X, motu propio Tra le sollecitudini, II (22 de noviembre de 1903).
(11) Cf. Constitución Sacrosanctum Concilium, 116 (4 de diciembre de 1963).
(12) Cf. BENEDICTO XVI, exhortación apostólica post-sinodal Sacramentum caritatis, 42 (22 de febrero de 2007). En este documento, el Santo Padre tras referirse a la introducción de géneros inapropiados al culto y a la improvisación musical tan fácil de constatar en diferentes lugares, manifiesta: “deseo que, como los padres sinodales lo han demandado, el canto gregoriano en tanto que propio de la liturgia romana, sea valorizado de manera apropiada”.
(13) Citado por Guillermo FURLONG, La Misión Muzi en Montevideo (1824-1825), “Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay”, t. XIII, Montevideo, 1937, p. 253.
(14) Cf. Constitución Sacrosanctum Concilium, 112.